Amenra no es una simple banda: es una experiencia, casi una liturgia. Desde finales de los 90, el colectivo belga —en el corazón de un movimiento artístico más amplio bautizado Church of Ra— ha hecho de su música un ritual catártico consagrado al dolor, al duelo y a la redención. De Doorn, cantado por primera vez en neerlandés, prolonga esa búsqueda y marca una etapa en una obra ya considerable.

La crítica (84 de media sobre nueve reseñas) celebra la potencia emocional y la solemnidad del disco. Se elogia la dinámica implacable de la banda, esa manera de levantar catedrales de tensión antes de hacerlas derrumbarse en el estruendo, y la aportación de la voz femenina de Caro Tanghe, que abre nuevos espacios.

Musicalmente, De Doorn es un ejercicio de paciencia y crescendo. Los temas, largos, progresan por peldaños: primero el murmullo y la contención, luego la subida inexorable hacia la explosión, esos alaridos desgarradores de Colin H. van Eeckhout que parecen arrancados de las profundidades. El sludge y el post-metal se funden en una misa negra de una intensidad poco común.

Esa estética del ritual tiene sus límites: exige un abandono total, y el oyente reacio a la lentitud o a la repetición podrá encontrar el disco austero, incluso monótono. Amenra no busca seducir; impone una experiencia, a tomar o dejar.

Veredicto: 8.5/10. Un disco grave y conmovedor, que confirma a Amenra como una de las bandas más intensas y singulares de la escena post-metal europea.