Motionless in White siempre ha amado jugar con el gran espectáculo, pero en este disco la banda lleva lo teatral aún más lejos que en Disguise. La ambición que se declara es la de una banda sonora para un mundo que se desmorona, y desde los primeros segundos, los sintetizadores grandilocuentes y los coros con estilo apocalíptico apocalíptico ponen la escena. Se percibe la voluntad de aumentar el sonido, de añadir capas de teclado y orquestación sobre una estructura metalcore ya bien arquitecturada, heredada de los discos anteriores de la banda.
Riffs que buscan su lugar bajo los violines
El problema es que esta saturación ornamental termina por ahogar lo que hacía fuerte al grupo: riffs cortantes y una ritmia que golpea sin adornos. En algunos temas, la guitarra parece relegada a un segundo plano detrás de capas electrónicas y efectos de producción que tiran más hacia un pop oscuro que hacia el metal industrial anunciado. El cantante, por su parte, se mantiene sólido, alternando gruñidos profundos y refranes limpios con una facilidad que no se le puede negar, pero la melodía toma a menudo la delantera sobre la agresividad, como si la banda buscara más llenar estadios que profundizar su sendero más oscuro.
Cuando el equilibrio funciona
Sin embargo, hay momentos en los que esta ambición cinematográfica da sus frutos. Cuando las guitarras vuelven al primer plano, sostenidas por una batería que golpea con precisión, la alquimia entre grandilocuencia y brutalidad funciona de verdad. Estos pasajes nos recuerdan que la banda sabe construir tensión, un crescendo, y que la estética gótica que siempre la ha acompañado puede casarse con máquinas sin perder impacto. Son los instantes en los que encontramos lo mejor de lo que la banda sabe hacer: un estribillo que se graba, un quiebre que resuena, una estructura que no se estira innecesariamente.
Demasiadas casillas que marcar
Pero el álbum sufre de un síndrome bastante clásico entre los grupos que han triunfado comercialmente: la voluntad de marcar todas las casillas a la vez. Un tema más pop, otro más electrónico, otro que mira hacia el metal sinfónico, otro que intenta reconectar con el metalcore de los inicios. El resultado carece a veces de columna vertebral, como si cada canción existiera por sí sola sin que un hilo conductor claro las une, más allá del concepto declarado de fin del mundo. La producción, muy pulida, también suaviza ciertas asperezas que podrían haber dado más mordiente al conjunto.
En definitiva, este disco confirma que Motionless in White ha afinado su sentido de la puesta en escena y no tiene miedo de reinventarse, pero le cuesta recuperar la coherencia y la densidad de sus mejores esfuerzos. Hay ideas bonitas aquí, momentos en los que la banda aún impresiona por su sentido del espectáculo, pero también pasajes más prescindibles, donde la sobredosis de arreglos enmascara una falta de identidad propia. Es un disco que dividirá a los fans históricos y a los que llegaron más recientemente por los estribillos calibrados, sin necesariamente convencer a ambos grupos a la vez. Un paso interesante en el recorrido de la banda, pero no el más destacado de su discografía.








