Cerrar un díptico siempre es un ejercicio peligroso: hay que justificar la escisión inicial y ofrecer una conclusión que se sostenga por sí sola. Automata II lo logra con honores, aunque lleva consigo los estigmas de un concepto pensado en dos tiempos más que en un único soplo continuo. Donde la primera parte instalaba una atmósfera más cerrada, casi angustiosa, esta secuela se permite rodeos más amplios, como si la banda hubiera guardado bajo la manga sus ideas más audaces para esta segunda tanda.
Voum, o el arte de la contradicción extrema
La canción que abre el disco ilustra a la perfección lo que constituye la fortaleza (y a veces la limitación) de Between the Buried and Me: la capacidad de hacer coexistir en un mismo tema gruñidos acosados, arpegios claros casi pop e rupturas rítmicas que parecen desafiar toda lógica de composición clásica. La voz clara del cantante, siempre tan reconocible en sus inflexiones melancólicas, viene a apaciguar pasajes de death técnico de una densidad redoutable. A veces pensamos en una banda que se divierte desarmando y reensamblando su propia música ante nuestros ojos, sin nunca perder el hilo narrativo que riega todo el disco.
Clairvoyance, la cúspide del álbum
Es sin duda en los pasajes más largos donde la banda más convence. Los guitarristas despliegan líneas melódicas que se enrollan alrededor de una rítmica flexible, llevada por un bajo que nunca se conforma con seguir sino que dialoga realmente con los otros instrumentos. El baterista, por su parte, continúa imponiendo un juego de precisión quirúrgica, capaz de pasar de un groove de jazz apagado a un pedal doble frontal en el espacio de algunas pocas compases. Hay en estos pasajes una forma de gracia que trasciende la simple demostración técnica, una verdadera tensión dramática que sostiene la canción a lo largo del tiempo.
El reverso de esta ambición es una producción que privilegia la claridad y la separación de instrumentos en detrimento de cierta brutalidad orgánica. Todo suena limpio, a veces demasiado pulido para una banda que se jacta de provenir del death metal originalmente. Los gruñidos, bien presentes, parecen a momentos contenidos en un marco demasiado nítido, como si la mezcla tuviera miedo de dejar que la agresividad se desbordara. Es una elección estética coherente con la dimensión progresiva que reclaman, pero que puede dejar insatisfechos a quienes esperaban una carga más frontal después de la apertura más áspera del primer acto.
Dos mitades, un solo organismo
Escuchado a continuación del primer opus, Automata II cobra todo su sentido: los motivos melódicos reaparecen, transformados, los temas se responden de un disco a otro con una coherencia que fuerza el respeto. Tomado aisladamente, pierde algo de este poder acumulativo, ciertas canciones pareciendo llamar a una resolución que solo llega si conoces la primera parte. Es a la vez la riqueza y la fragilidad del proyecto: una obra pensada como un todo, difícil de apreciar plenamente en fragmentos. Queda un disco denso, exigente, que confirma que la banda continúa explorando los márgenes de su propio lenguaje sin nunca descansar sobre sus laureles, aunque a veces pierda en impacto frontal lo que gana en sofisticación.








