La banda de Liverpool Loathe alcanzó la madurez con una rapidez desconcertante. Formada a mediados de los 2010, bastaron dos álbumes para que se impusiera como una de las propuestas más singulares del metal británico. I Let It in and It Took Everything es de esos discos que redefinen los contornos de un género: una obra donde el metalcore más violento abraza la suavidad algodonosa del shoegaze, sin elegir jamás su bando.

La crítica no se equivocó: 86 de media sobre diez reseñas, y un estatus de álbum de culto adquirido casi al instante. Se celebra, con razón, una escritura de ambición poco común y una producción de una profundidad inaudita, capaz de hacer coexistir el muro de guitarras saturadas y las capas etéreas heredadas de Deftones, referencia explícita y asumida.

El disco avanza por contrastes sobrecogedores. Deflagraciones de djent y gritos desgarrados ceden el paso a planos ambient de una belleza frágil, donde la voz se hace murmullo suspendido. Esa dialéctica permanente entre la furia y el sosiego, entre el caos y la contemplación, da al conjunto una carga emocional poco común, casi cinematográfica en su amplitud.

Se le podrá reprochar a la banda una deuda a veces demasiado visible con sus modelos, en primer lugar Deftones, de quien Loathe retoma hasta las inflexiones vocales. La filiación es asumida, pero frena por momentos una identidad que solo pedía emanciparse. Un detalle, en el fondo, tanto prevalece la emoción sobre la cuestión de la originalidad estricta.

Veredicto: 8.5/10. Un disco envolvente y desgarrador, que prueba que la pesadez puede ser un arte del matiz. Uno de los hitos mayores del metal de su década.