IDLES fue percibido durante mucho tiempo como el abanderado de un post-punk furioso y político, encarnación de una juventud británica encolerizada contra la austeridad y el repliegue identitario. Desde mediados de los 2010, la banda de Bristol liderada por Joe Talbot ha construido su reputación sobre una energía bruta y textos comprometidos. TANGK, quinto álbum, opera sin embargo un giro inesperado: el del amor y la ternura.

La crítica, entusiasta (83 de media sobre catorce reseñas), celebra esa toma de riesgo. Producido en parte por Nigel Godrich, cómplice de Radiohead, el disco cambia parte de la rabia original por una exploración más atmosférica, más texturada, donde el beat y la repetición se imponen al muro de guitarras. Se elogia una madurez nueva, una paleta ampliada.

Musicalmente, TANGK —cuyo título evoca la onomatopeya de una cuerda de guitarra golpeada— cultiva el groove y la hipnosis. Las rítmicas son más bailables, las atmósferas más contemplativas, la voz de Talbot pasa del ladrido a un canto casi suplicante. Sin renegar de su energía, la banda se permite la dulzura, la introspección, una forma de vulnerabilidad desarmante.

Ese desplazamiento no convencerá a todos. Los fieles de la primera hora, apegados a la potencia frontal de los inicios, podrán hallar el disco menos inmediato, menos catártico. La apuesta del amor como tema —noble pero arriesgado— cae a veces en una repetición que roza la monotonía. La audacia tiene sus zonas de sombra.

Veredicto: 8/10. Un disco valiente y sensible, que prueba la capacidad de IDLES para reinventarse sin traicionarse. Un paso al costado fecundo, celebrado con razón.