Dos años después de un debut que había convencido a todos, Airbourne repite en 2010 con No Guts. No Glory. El principio no se ha movido ni un ápice: hard rock australiano a fondo, heredero directo de AC/DC, sin la menor voluntad de desviarse del rumbo. La banda de Warrnambool sabe lo que es y lo que quiere su público, y lo sirve con una generosidad constante. Este segundo disco confirma la fórmula de los inicios sin tocarla, aun a riesgo de exponerse al reproche de la repetición.
La apisonadora continúa
No Guts. No Glory. encadena himnos de estadio hechos para corear a voz en grito. Temas como No Way but the Hard Way, Chewin’ the Fat o Blonde, Bad and Beautiful golpean con la misma energía indestructible que en Runnin’ Wild. La voz rasgada de Joel O’Keeffe, los riffs cuadrados y la sección rítmica apisonadora forman un tándem rodado que nunca deja caer la presión. Es rock sin tiempos muertos, pensado para el sudor de los conciertos y el puño en alto, fiel a una receta que ha demostrado su eficacia.
Más grande, más sólido
La producción, un peldaño por encima, gana en amplitud y claridad sin edulcorar la brutalidad del discurso. La banda cuida más sus estribillos, busca el gancho imparable y afina su sentido del gran himno federador. Esta subida de nivel no cambia nada del ADN de Airbourne: seguimos en el registro del hard rock festivo y sin complejos, pero servido con mayor oficio. El disco suena como la versión más segura de una fórmula que la banda domina ya a la perfección.
El precio de la constancia
El reverso de esta fidelidad es la ausencia de sorpresa. Quien amó el primer álbum amará este, quien lo encontró limitado hará la misma constatación. Airbourne no busca evolucionar, y No Guts. No Glory. asume esa constancia como un valor más que como un límite. En un género donde la autenticidad prima sobre la innovación, ese rechazo del cambio tiene algo tranquilizador, casi reconfortante, para quien busca ante todo energía honesta.
No Guts. No Glory. es un sólido segundo álbum, tan eficaz como previsible. No destrona a Runnin’ Wild pero prolonga dignamente su espíritu, con un puñado de himnos que aguantan perfectamente su rango en directo. Para los seguidores de la banda es un valor seguro; para los demás, una nueva demostración de que Airbourne toca una sola partitura, pero la toca con una convicción y una energía difíciles de pillar en falta.







