Es difícil abordar AfterLife sin pensar en la ausencia del guitarrista histórico, reemplazado recientemente por un nuevo integrante. Este cambio de personal no trastorna la fórmula sin embargo: Five Finger Death Punch permanece fiel a su receta, aquella que ha hecho su fortuna durante más de una década. Riffs gruesos, estribillos diseñados para estadios, alternancia entre canto limpio y growls roncos del vocalista: todo está ahí, milimetrado, pulido, casi demasiado predecible para sorprender a quien conoce la banda de memoria.
El tema de la casa como tarjeta de presentación
La canción homónima, lanzada como single antes del álbum, resume bien el ejercicio: una subida de potencia calculada, un estribillo que se asienta desde la primera escucha, una producción impecable firmada por el equipo habitual. Se siente la experiencia, el dominio técnico de un grupo que sabe exactamente dónde quiere llevar al público. Pero esta ciencia de la eficacia termina dando vueltas en círculos: los growls llegan siempre en el momento adecuado, los puentes melódicos siguen un esquema idéntico de un tema a otro, y el oyente atento adivina la estructura antes de que se despliegue.
IOU y la mecánica de los estribillos
En IOU, otro tema impulsado para promocionar el disco, encontramos esa tensión entre estrofas oscuras y estribillo luminoso que durante mucho tiempo ha constituido la firma de la banda. El nuevo guitarrista se desempeña honorablemente en su labor, aportando una precisión técnica innegable, pero sin realmente imponer una nueva personalidad al sonido de la banda. Los solos siguen siendo funcionales, bien ejecutados, sin tomar riesgos que perturben el equilibrio ya establecido por la producción de Kevin Churko. Estamos en la continuidad absoluta, en lo mejor y en lo peor.
La comodidad como horizonte
Ahí es donde está el verdadero problema: AfterLife nunca intenta perturbar nada. La banda parece haber encontrado su zona de confort comercial y se instala duraderamente en ella, sacrificando toda sorpresa. Las baladas, siempre presentes en la ecuación Five Finger Death Punch, cumplen su función de respiración entre dos asaltos de riffs pesados, pero suenan como copias conformes de las que las precedieron en álbumes anteriores. Se busca en vano un momento que se desvíe de la trayectoria trazada hace años, una canción que se atreva a salirse del marco bien aceitado del groove metal radiofónico.
Al final, AfterLife confirma lo que muchos sospechaban: Five Finger Death Punch ha encontrado una fórmula que funciona y no tiene intención de desviarse de ella, ni siquiera con un cambio de guitarrista supuestamente destinado a inyectar sangre nueva. La eficacia permanece intacta, la producción impecable, los estribillos terriblemente pegadizos para quienes aman este registro. Pero el conjunto carece cruelmente de asperezas, de esos momentos que dejan huella duradera en una discografía. Es un disco que cumple con su contrato sin nunca superarlo, destinado principalmente a los fans ya convencidos más que a quienes busquen una evolución artística. Un álbum que se deja escuchar sin desagradar, pero que se olvida casi tan rápido como termina, por carecer de una impronta verdaderamente personal.








