Poppy siempre ha cultivado el arte de la contradicción: la muñeca de porcelana que susurra y la bestia que grita, a menudo en el mismo minuto. Con este nuevo disco, producido por Jordan Fish (ya al mando de su álbum anterior), ya no busca sorprender con rupturas sino afinar un lenguaje ya establecido. El resultado sorprende menos que I Disagree en su momento, pero impacta de forma diferente: más sosegado, más controlado en su caos, con una atención a la textura que revela la mano del productor, acostumbrado a arquitecturas sonoras densas y calculadas.

Lo dulce que se vuelve amargo

Lo que llama la atención primero es cómo las melodías pop, casi infantiles en su candidez, se corrompen sistemáticamente con elementos industriales: capas sintéticas que chirrían, bajos saturados, breaks electrónicos que rompen el tempo sin previo aviso. La voz de Poppy navega entre canto limpio, casi de canción infantil, y growls o gritos que surgen sin transición, como una máscara que cae. Esta tensión entre dulzura y violencia no es nueva en ella, pero aquí parece más integrada, menos demostrativa: se siente a una artista que ya no intenta probar que puede gritar, sino que lo hace porque la canción lo exige.

Una producción que pesa mucho

La huella de Jordan Fish se reconoce en esta forma de superponer capas sin dejar que se sofoquen entre sí. Cada riff de guitarra, cada pulsación electrónica ocupa un espacio preciso en la mezcla, lo que da al disco una claridad casi clínica, a veces en detrimento de la espontaneidad. Se echa de menos en momentos que ciertos pasajes extremos, precisamente los más interesantes, no estén tan pulidos por una producción demasiado cuidada, que hubiera podido dejar respirar más las asperezas. Pero esta rigurosidad también tiene lo suyo: permite que los contrastes dinámicos realmente impacten, con los ascensos hacia las partes más brutales ganando fuerza gracias a este juego calculado de espacio y saturación.

La inconsistencia como marca registrada

El principal defecto del disco es su falta de unidad. Algunos temas parecen hechos para escenarios de festivales metalcore, con riffs cortantes y refranes aullados, mientras que otros claramente apuntan hacia un pop oscuro y sintético, casi frío. Este balance permanente, que siempre ha sido la firma de Poppy, puede dar la impresión de un disco con dos caras que no siempre se miran a los ojos. El oyente que buscaba la brutalidad pura de I Disagree podría sentirse frustrado por las secuencias más pop, mientras que los admiradores de sus inicios electro-pop podrían rechazar las descargas más agresivas.

En cualquier caso, este álbum confirma que Poppy sigue siendo una figura singular, capaz de mantener este equilibrio estilístico sin caer nunca en lo gadgetería. Las letras, escritas en solitario esta vez, añaden una dimensión más personal, casi confesional en lugares, que contrasta con la imaginería artificial que durante mucho tiempo definió su personaje público. No se trata del impacto de un disco fundacional, sino más bien de la confirmación madura de una artista que ha encontrado su zona de confort en la incomodidad permanente. Un disco exigente, a veces desigual, pero que merece varias escuchas para captar todos sus matices.