Formada en Mánchester a finales de los 2000, Ingested se dio a conocer primero por un slam death metal de una pesadez extrema, antes de ampliar progresivamente su discurso hacia un deathcore más amplio, más variado. The Tide of Death and Fractured Dreams, aclamado por la crítica (80 de media sobre seis reseñas), marca una nueva etapa de esa evolución hacia la madurez.

Lo que la prensa retiene es el equilibrio hallado entre el salvajismo original y una escritura más cuidada. La banda no ha perdido nada de su potencia de golpe —breakdowns devastadores, growls abisales, riffs machacados— pero añade ahora melodías, pasajes atmosféricos, algunos cantos limpios que airean el conjunto y le dan relieve.

Musicalmente, la producción, masiva y clínica, realza la precisión de una banda curtida en el ejercicio. Los temas alternan el asalto frontal con respiraciones más melódicas, en una dramaturgia eficaz que evita el hastío de lo puramente brutal. Ingested ha entendido que la pesadez gana al contrastarse.

El disco no trastoca, sin embargo, los códigos del deathcore: las recetas del género se aplican con un saber hacer cierto, pero sin la audacia que llevaría al conjunto hacia el gran disco. Se permanece en la excelencia de ejecución más que en la invención.

Veredicto: 8/10. Un disco sólido, potente y bien construido, que confirma a Ingested entre los valores seguros del deathcore británico. Eficaz, sin ser arrollador.