Pocas bandas habrán conocido un ascenso tan fulgurante como Ghost. Nacido a finales de los 2000 en torno al personaje teatral de Tobias Forge —sucesivamente Papa Emeritus y luego Cardinal Copia—, el colectivo sueco enmascarado transformó un proyecto de rock oculto de nicho en un fenómeno mundial. Impera, quinto álbum, consagra esa mutación asumiendo plenamente la influencia del hard rock de estadio y del pop melódico de los 80.

La crítica, favorable (78 de media sobre once reseñas), celebra una escritura de éxitos temiblemente eficaz. Forge, melodista sin igual, apila estribillos pegadizos, guitarras relucientes, teclados rutilantes. Se elogia un sentido consumado de la teatralidad y una producción pulida que aúpa a la banda al rango de las grandes máquinas de himnos del rock contemporáneo.

Musicalmente, Impera asume su giro comercial. El satanismo de opereta de los inicios cede el paso a un pop-metal solar, casi radiofónico, donde los guiños a Blue Öyster Cult conviven con vuelos dignos de las mayores bandas de FM. El disco es brillante, inmediato, concebido para llenar arenas.

Ahí es también donde aprieta el zapato. Al pulir hasta tal punto sus aristas, Ghost pierde algo de la extrañeza y el misterio que constituían su sal. Los puristas de la primera hora lamentarán esa carrera hacia la eficacia, ese pop asumido que diluye la negrura en favor del estribillo aglutinador. El talento está intacto, la singularidad algo menos.

Veredicto: 7.5/10. Un disco brillante y calibrado, que confirma a Ghost como uno de los grandes espectáculos del rock actual. Seductor a falta de ser profundo.