Between the Buried and Me nunca ha retrocedido ante la desmesura. Desde principios de los 2000, la banda de Carolina del Norte practica un metal progresivo tentacular, donde el death metal convive con el jazz, la fusión y los vuelos líricos más improbables. Colors II se plantea abiertamente como secuela de Colors (2007), el álbum que forjó su leyenda: una declaración de intenciones ambiciosa, casi temeraria.

La crítica (82 de media sobre siete reseñas) celebra ese fresco frondoso y el atrevimiento de una banda que osa medirse con su propio mito. Se elogia el virtuosismo colectivo, la inventiva de las transiciones, y la capacidad del quinteto para encadenar lo inconciliable —lo brutal y lo melódico, lo solemne y lo grotesco— con una coherencia asombrosa.

Musicalmente, el disco es un vértigo: más de una hora de música en perpetua mutación, donde cada escucha revela un detalle, un motivo, una bifurcación inadvertida. El teclado de Tommy Rogers dialoga con guitarras acrobáticas, en un flujo ininterrumpido que rechaza toda concesión a la forma canción.

Esa generosidad puede, no obstante, virar a la sobrecarga: de querer convocarlo todo, Colors II exige cierta resistencia, y su frondosidad puede desconcertar a quien busca puntos de referencia. El oyente paciente, en cambio, hallará en él un laberinto inagotable.

Veredicto: 8/10. Un disco desmesurado y exaltante, que confirma a Between the Buried and Me entre los arquitectos más audaces del metal progresivo estadounidense.