Desde Melbourne, Amyl and the Sniffers llevaron al cambio de década una ráfaga de punk rock bruto, encarnada por la energía volcánica de su cantante Amy Taylor. Tras dos álbumes que los elevaron al rango de sensación internacional, el cuarteto australiano firma con Cartoon Darkness un disco más ambicioso, donde la furia de los orígenes se abre a texturas nuevas y a un discurso más grave.
La crítica, entusiasta (84 de media sobre once reseñas), celebra una maduración sin renuncia. La banda aborda la ansiedad climática, la sobrecarga digital, la incertidumbre de una juventud obligada a vivir a la sombra de la catástrofe. La prensa alaba el modo en que Amy Taylor conjuga insolencia y vulnerabilidad, sin sacrificar nunca el mordiente que le dio su reputación.
Musicalmente, Cartoon Darkness amplía la paleta: a los brulotes pub rock de los inicios se añaden baladas, respiros melódicos, arreglos más trabajados. La producción, más amplia, gana en relieve sin ahogar la urgencia. La banda prueba que puede frenar sin ablandarse, matizar sin diluirse.
Esa ampliación tiene su reverso: al buscar la variedad, el álbum pierde por momentos la concisión fulgurante que era la fuerza de sus predecesores. Algunos temas se estiran, y el oyente nostálgico del caos inicial podrá lamentar cierta domesticación de la bestia.
Veredicto: 8.5/10. Un disco rico y valiente, que ve a Amyl and the Sniffers crecer sin traicionarse: la marca de las bandas llamadas a perdurar.


