Hay en Leprous una inquietud fecunda, la de las bandas que se niegan a fijarse. Nacidos en el cambio de los 2000 en Notodden, tras la estela de cierto metal progresivo escandinavo, los noruegos sirvieron primero de banda en directo a Ihsahn antes de trazar un camino singular, oscilando entre agresividad y refinamiento pop. Melodies of Atonement, su séptimo álbum, marca un retorno asumido hacia la densidad y la pesadez, tras discos que algunos juzgaban demasiado pulidos.

La crítica, atenta (82 de media sobre nueve reseñas), celebra precisamente ese resurgir. Se elogia el retorno de los riffs robustos, de una rítmica angulosa, y sobre todo la voz de Einar Solberg, instrumento prodigioso capaz de pasar del susurro al grito en un mismo aliento. En torno a ese timbre, a la vez frágil e imperioso, se organiza todo el edificio.

Musicalmente, el disco cultiva el arte del contraste: texturas electrónicas gélidas, cuerdas y capas de sintetizador nimban una escritura sin embargo tensa, casi nerviosa. Leprous compone canciones más que demostraciones, y cada tema despliega una arquitectura emocional que privilegia el impacto sobre la profusión gratuita.

Se podrá lamentar que esa búsqueda del equilibrio embote a veces el filo: de tanto cuidar sus transiciones, la banda roza por momentos una elegancia algo clínica, donde la emoción se intuye sin desbordar nunca del todo. La reserva es leve frente a la coherencia del conjunto.

Veredicto: 8/10. Un disco de madurez, exigente y sensible, que confirma a Leprous entre las voces más personales de la escena progresiva europea.