Twitching Tongues nunca tocó el hardcore como los demás. La banda de Los Ángeles se labró una reputación aparte mezclando la pesadez del metallic hardcore con influencias venidas del doom, del metal de los noventa e incluso de cierto énfasis melódico. Disharmony, publicado en 2015, lleva esa singularidad aún más lejos. Es un disco ambicioso, teatral, que rechaza la simplicidad para explorar las zonas de sombra entre los géneros. Impulsada por músicos también activos tras la consola y en otros proyectos, la banda siempre cultivó un enfoque reflexivo de su música. Esa exigencia se reencuentra en la cuidada construcción del disco, que da fe de una visión artística mucho más amplia que la esperada de una simple banda de hardcore.
Una voz que lo cambia todo
El elemento más distintivo sigue siendo el canto de Colin Young, que privilegia un enfoque melódico y grave antes que el grito hardcore clásico. Esa voz profunda, casi de barítono, le da a la banda una identidad reconocible de inmediato. Planea por encima de los riffs macizos, aportando una dimensión dramática inusual en este registro. A veces se piensa en un cruce improbable entre el hardcore de pogo y una forma de metal gótico asumido. Musicalmente, Disharmony alterna momentos de aplastamiento puro y pasajes más atmosféricos. Las guitarras oscilan entre la pesadez del groove metal y arrebatos más sombríos, mientras la base rítmica mantiene una tensión constante. Ese gusto por el contraste hace la escucha más rica pero también más exigente que la media del género.
La audacia del gran salto
Lo que golpea es la negativa de la banda a limitarse a una sola estética. Twitching Tongues asume sus influencias más amplias sin temer desconcertar a una parte del público hardcore. Ese gran salto entre brutalidad y melodía constituye a la vez la mayor fuerza y el principal riesgo del disco. Algunos verán una apuesta saludable, otros una falta de unidad.
Un disco que divide, y mejor así
Disharmony no está hecho para gustar a todos, y la banda parece saberlo perfectamente. Se dirige a un oyente curioso, dispuesto a aceptar que el hardcore pueda salir de sus límites habituales. Esa ambición merece respeto, incluso cuando no todos los intentos resultan igual de convincentes. Se le podrá reprochar al disco algunas largueces, un énfasis a veces recargado que roza lo grandilocuente. Pero esos excesos forman parte de la identidad de la banda, y quitarlos equivaldría a traicionarla. Twitching Tongues prefiere asumir sus decisiones hasta el final antes que entrar en el redil.
Al final, Disharmony es un álbum singular, valiente y trabajado, que confirma el lugar aparte de Twitching Tongues en el paisaje del hardcore metálico. No es el disco más accesible, pero es uno de los más personales. Una obra que hay que domar, que gana al escucharse en profundidad.





