Once años los separaban de su álbum anterior. Es decir, una eternidad para The Hives, esos suecos de traje blanco y negro que encarnaron, a principios de los 2000, la insolencia del renacer del garage rock. The Death of Randy Fitzsimmons —por el nombre del misterioso mentor ficticio de la banda, aquí enterrado con fasto— firma un regreso esperado, y el quinteto prueba que el tiempo no ha mellado su sentido de la eficacia.

La crítica, benévola (80 de media sobre nueve reseñas), celebra un disco que no busca reinventarse sino recordar, con garbo, por qué se quería a esta banda. Todo está ahí: los riffs cortantes, la energía sobrevoltada, el sentido del estribillo y, sobre todo, la presencia escénica irresistible del cantante Howlin’ Pelle Almqvist, showman nato.

Musicalmente, The Hives cultiva un rock nervioso, corto, sin grasa, tallado para el escenario y la transpiración colectiva. La producción, seca y contundente, restituye la furia de una banda que toca como si nunca hubiera parado. Treinta y cinco minutos de descarga eléctrica, sin tiempos muertos.

El reproche es evidente: nada, aquí, sorprende. El disco reproduce una fórmula probada, sin toma de riesgos ni evolución notable. Quienes esperaban una reinvención tras tan larga ausencia se quedarán con hambre; los demás se conformarán gustosos con una magdalena tan sabrosa.

Veredicto: 8/10. Un regreso sin sorpresa pero sin flaqueza, que recuerda que The Hives sigue siendo una de las bandas de directo más gozosas de su generación.