Pocas bandas pueden presumir de una trayectoria tan coherente como la de Enslaved. Nacidos a principios de los 90 en la ebullición —a veces sulfurosa— de la escena black metal noruega, los de Bergen se negaron desde sus primeros discos a dejarse encerrar en ella. Treinta años después, Heimdal, su decimosexto álbum, prolonga esa huida hacia adelante: una obra que extrae de la mitología nórdica la materia de un metal progresivo de riqueza poco común.
La crítica, abundante (84 de media sobre diez reseñas), celebra un dominio vuelto segunda naturaleza. En Enslaved, el black metal de los orígenes no ha desaparecido: aflora en los trémolos glaciales, en ciertos fulgores guturales. Pero convive ahora con teclados atmosféricos, voces limpias casi psicodélicas, una estructura de temas que debe tanto a Pink Floyd como a Bathory.
Heimdal —por el dios guardián del Bifröst, vigía en la frontera de los mundos— asume esa posición de umbral. El disco es un puente: entre la furia y la contemplación, entre el arcaísmo y la modernidad, entre el mito y la introspección. Las composiciones se toman el tiempo de desplegarse, de respirar, de construir catedrales sonoras donde el oyente puede perderse.
Algunos lamentarán que la banda ya no sorprenda tanto como en sus grandes horas de mutación. El reproche es admisible: Enslaved ha encontrado su fórmula y la afina más que la reinventa. Pero esa fórmula sigue siendo de una elegancia poco común, y raros son también los veteranos capaces de mantener tal nivel de exigencia álbum tras álbum.
Veredicto: 8. Un disco de gran altura, que confirma a Enslaved en su estatus de institución viva del metal nórdico: de los que han hecho de la longevidad un arte más que una costumbre.

