Hubo un tiempo en que Cattle Decapitation no era más que un nombre entre otros en el margen grindcore californiano, una banda que se archivaba, sin mirar demasiado, entre los provocadores gore y vegetarianos. Ese tiempo terminó. Desde hace una década, la formación de San Diego se ha convertido en una de las voces más singulares del death metal contemporáneo, y Terrasite —su noveno álbum— lo demuestra de la manera más deslumbrante. La crítica no se equivoca: 89 de media sobre ocho reseñas agregadas, una de las notas más altas del año en el género.

Lo que impacta de entrada es la coherencia de un discurso. Donde tantas bandas extremas se conforman con la brutalidad, Cattle Decapitation construye un fresco: el de una humanidad vuelta parásito de su propio planeta, la especie que se vuelve contra su huésped. La prensa celebra por unanimidad esa gravedad asumida, sostenida por la voz de Travis Ryan, esa manera inimitable de hacer surgir, en el corazón de los blast beats, un canto limpio y espectral, casi melódico, que ronda el disco como una conciencia en pena.

Musicalmente, Terrasite lleva aún más lejos la aleación de tecnicismo y melodía iniciada en sus predecesores. Las composiciones son densas, cambiantes, atravesadas por fulgores melódicos que nunca diluyen la violencia. Se piensa a veces en un death metal que hubiera leído ciencia ficción y digerido sus angustias climáticas: áspero, inteligente, demoledor en sentido literal.

Veredicto: 9. Raros son los discos extremos que logran conjugar tal fiereza de ejecución con tal profundidad de visión. Con Terrasite, Cattle Decapitation no firma solo un gran álbum de death metal: firma un manifiesto.