Boris no necesita presentación, trío japonés cuya insaciable curiosidad ha producido, desde los 90, una de las discografías más frondosas del rock pesado. Drone, doom, noise, pop, ambient: la banda lo ha explorado todo, a menudo en el mismo disco. El título Heavy Rocks, ya usado en 2002 y luego en 2011, designa en su caso una vertiente precisa de su obra: la del rock de riffs, franco y generoso. Esta tercera versión, aclamada por la crítica (80 de media sobre seis reseñas), prolonga la tradición.

Lo que la prensa retiene es el júbilo contagioso del conjunto. Boris no busca aquí ni la profundidad conceptual ni la experimentación radical: apila riffs stoner, fuzz saturados, arranques punk y vuelos psicodélicos en un desorden alegre y perfectamente asumido. Es un disco de placer inmediato.

Musicalmente, la producción, espesa y colorida, realza esa riqueza de texturas. Los temas pasan del bulldozer stoner a la balada planeadora, de la furia noise a la melodía pop, con una soltura que atestigua un dominio total de los códigos. Boris se divierte, y se nota.

La contrapartida de ese eclecticismo es cierta falta de unidad: Heavy Rocks se vive como una antología de facetas más que como una obra coherente, y no todos los temas alcanzan la misma cima. Se picotea tanto como se escucha de un tirón.

Veredicto: 8/10. Un disco generoso, lúdico y agradablemente desordenado, que recuerda que Boris no ha perdido nada de su hambre ni de su libertad. El riff como fiesta.