Tercer álbum de la banda de Massachusetts, The Fall of Ideals marca en 2006 el momento en que All That Remains encuentra por fin el equilibrio exacto entre agresión y melodía. Producido por Adam Dutkiewicz de Killswitch Engage, el disco respira una claridad nueva, con cada riff tallado con nitidez y cada estribillo empujado hacia adelante con un aplomo casi insolente para un tercer intento. Se percibe a un grupo que ha entendido lo que quiere decir y que lo dice sin rodeos, con la energía de quienes saben por fin exactamente adónde van.

Un metalcore que asume sus raíces melódicas

La gran fuerza del álbum reside en su matrimonio entre el metalcore estadounidense y el death metal melódico nacido en Gotemburgo. Las guitarras gemelas dibujan armonías limpias, a menudo lanzadas a toda velocidad, antes de caer en breakdowns macizos que hacen temblar el suelo. La voz de Philip Labonte alterna el alarido desgarrado y un canto limpio sorprendentemente controlado, sin caer nunca en la dulzura empalagosa que amenazaba a tantos contemporáneos de aquella época. Esa doble capacidad da a los temas una amplitud rara, capaz de aplastar y de elevarse en unos pocos compases.

This Calling, cima de accesibilidad

El sencillo This Calling condensa todo el proyecto en unos minutos: ataque veloz, estribillo enorme, solo cincelado. Es la canción que abrió al grupo un público mucho más amplio, y conserva intacta su capacidad de levantar una sala. A su alrededor, los demás temas no funcionan como simple relleno: excavan la misma veta con una constancia poco común, entre la furia y los vuelos luminosos. La producción de Dutkiewicz privilegia la legibilidad sin esterilizar la energía, dejando respirar el doble bombo y los solos sin ahogarlos jamás en la masa general del sonido.

Un hito del género

The Fall of Ideals no inventa el metalcore melódico, pero propone una versión especialmente lograda, equilibrada y generosa en ganchos. Es un disco de guitarristas tanto como un disco de estribillos, una combinación que no tiene nada de evidente y que pocas bandas lograban entonces con tanta naturalidad. Se le puede reprochar cierta previsibilidad en la estructura de los temas, pero la ejecución permanece impecable de principio a fin, sostenida por una sección rítmica sólida y un sentido de la dinámica que no flaquea nunca de verdad a lo largo de los cortes.

Al final, el álbum sigue siendo una piedra angular de la escena de los años 2000, una referencia que muchas bandas más jóvenes aún citan hoy. Capta un instante preciso en que el metalcore estadounidense todavía creía, sin cinismo ni cálculo, en la potencia conjunta del riff y la melodía. Para quien quiera comprender lo mejor que el género podía ofrecer en aquel periodo, este disco sigue siendo una puerta de entrada ideal, a la vez brutal y sorprendentemente melódica, y no ha perdido nada de su mordiente con los años.