Cada nuevo álbum de Kamelot repite la misma obra en dos actos: los fieles oyen en él la quintaesencia del power metal sinfónico, los demás una fórmula bajo celofán. Dark Asylum, episodio 2026, no se sale del guion —incluso lleva la polarización a un nivel rara vez visto en el grupo de Tampa, con una prensa literalmente partida en dos y, en medio, un hombre en el que todos coinciden: Tommy Karevik.
Treinta años de terciopelo negro
Resumamos la leyenda para los despistados. Fundado a principios de los 90 por el guitarrista Thomas Youngblood, Kamelot se hace grande con la llegada del noruego Roy Khan a la voz: la trilogía Karma, Epica, The Black Halo, entre 2001 y 2005, sigue siendo una de las cumbres absolutas del power metal melódico, ese matrimonio de terciopelo gótico, orquestaciones fastuosas y estribillos cincelados que decenas de grupos han intentado copiar sin recuperar jamás la clase. Tras la marcha de Khan, muchos enterraban al grupo; sin contar con Tommy Karevik, robado a Seventh Wonder en 2012, que relanza la máquina con Silverthorn y luego Haven, The Shadow Theory y The Awakening. Una segunda vida más pulida, más calibrada, en la que los álbumes se suceden y se parecen —magníficamente producidos, impecablemente cantados, y cada vez más difíciles de distinguir entre sí. Dark Asylum llega precisamente con ese expediente bajo el brazo.
Y el expediente se complica: 68/100 de media en prensa, 68 también por parte del público. Una convergencia rara —y una cifra que dice menos sobre la mediocridad que sobre el desgaste de un debate.
La prensa en dos bandos irreconciliables
Porque la distancia crítica es espectacular. Por un lado, Distorted Sound saca un 8/10 entusiasta y oye «uno de sus mejores lanzamientos en mucho tiempo», celebrando un disco que por fin casa el lado progresivo de los inicios con la eficacia melódica de los últimos años —la síntesis que los fans reclaman desde hace diez años, en definitiva. Blabbermouth le sigue con un 7.5/10, en el campo de los convencidos con mesura. Al otro lado del ring, Angry Metal Guy desenfunda un asesino 2.5/5: «ni fresco, ni excitante», guitarras rítmicas ahogadas en la mezcla, harsh vocals puramente decorativos —la carga es frontal y apunta menos a este disco que a la fórmula entera, ese Kamelot posterior a 2015 en el que el envoltorio sinfónico parece a veces preceder a las canciones.
En medio del campo de batalla, dos certezas gozan de unanimidad, incluso entre los decepcionados. La primera se llama Tommy Karevik: su interpretación es calificada de «masterclass vocal» por Distorted Sound, e incluso AMG, pese a estar en contra, habla de una actuación «cautivadora». El sueco sigue siendo uno de los dos o tres mayores cantantes del género, punto. La segunda son las orquestaciones de Oliver Palotai, el otro valor seguro del disco, siempre suntuosas, siempre al servicio del ambiente gótico de la casa. Cuando el desacuerdo abarca todo salvo los dos pilares, es que los pilares sostienen el tinglado.
Queda el reproche que atraviesa incluso las crónicas favorables: el final del álbum, más lento, se hace largo. Su mayor defensor lo reconoce él mismo —y cuando tu abogado se declara culpable en un punto, el punto está sentenciado.
Un buen Kamelot para quienes aman a Kamelot
El objetivo de Dark Asylum es nítido. Si has gastado The Black Halo hasta el hueso y cada nuevo álbum de la casa es para ti una cita —voz de terciopelo, coros, teclados en cinemascope—, adelante: tienes una cosecha cuidada, sostenida por un cantante en plena cima y arreglos de primera clase, y la opinión de Distorted Sound será la tuya. Si en cambio esperas que Kamelot te sorprenda, que recupere la toma de riesgos de la época Khan o simplemente que musculice sus guitarras, AMG ha escrito tu crónica en tu lugar: nada aquí te hará cambiar de opinión sobre la etapa actual del grupo.
Nuestro 6.5 asume esa posición de árbitro. Dark Asylum no es ni el regreso triunfal que proclaman sus partidarios, ni el naufragio que describe su fiscal: es un álbum de Kamelot, con todo lo que la expresión conlleva ya de garantías y de techo de cristal. Karevik magistral, Palotai suntuoso, songwriting en piloto automático de lujo, recta final que se adormece. El consenso en cifras —68 por todas partes— dice exactamente eso: un buen disco para los enamorados, sin el menor argumento nuevo para los demás. Y tras treinta años de carrera, quizá sea eso el verdadero tema.