Chelsea Wolfe continúa su muda, y The Dark es la etapa más asumida: en todas partes se describe el disco como su álbum más accesible —sin que nadie, y ahí está el mérito, la acuse de haber vendido su alma. Hecho raro en nuestras páginas: crítica y público están exactamente alineados, en torno a 77/100 por ambos lados en Album of the Year, con un volumen de opiniones enorme. Cuando todo el mundo se pone de acuerdo sobre una artista tan divisiva, algo está pasando.

Quince años de metamorfosis

Para medir el camino hay que recordar de dónde viene la californiana. Desde The Grime and the Glow (2010) y Apokalypsis (2011), Chelsea Wolfe no ha dejado de mutar: folk gótico de los inicios, electrónica fúnebre de Pain Is Beauty (2013), inmersión doom de Abyss (2015), cima de pesadez alcanzada con Hiss Spun (2017) —grabado con Kurt Ballou de Converge, con quien volverá a cruzarse en el proyecto común Bloodmoon: I (2021). Luego el repliegue acústico de Birth of Violence (2019), y el renacimiento electrónico de She Reaches Out to She Reaches Out to She (2024), primer disco en Loma Vista, marcado por su nueva sobriedad y un sonido trip-hop industrial que ya barajaba de nuevo todas las cartas.

Dicho de otro modo: la metamorfosis no es un accidente en Chelsea Wolfe, es el método. Cada álbum es una pieza de una misma obra-mundo, y los fans lo saben: no se sigue a esta artista para reencontrar el disco anterior, se la sigue para descubrir adónde ha decidido ir. The Dark responde: hacia la canción, sin más.

La negrura ha cambiado de dirección

El consenso crítico es de una nitidez poco común. The Guardian (4/5) celebra canciones «tiernas, oscuras y cargadas de emoción», Kerrang! habla de «su disco más accesible pero aún encantado», y Sputnikmusic (4/5) subraya una nueva confianza vocal, sostenida por la producción de Jennifer Decilveo. Este último punto merece que nos detengamos: Wolfe enterró largo tiempo su voz en la reverberación y las brumas, como un instrumento más. Aquí canta delante, en primer plano, sin red —y todos los críticos señalan que es precisamente ese desvelamiento el que da la fuerza del disco.

Incluso el aguafiestas de turno confirma la tendencia creyendo matizarla: Pitchfork (6.8) hace remilgos a la vez que concede unos «himnos dramáticos de autopreservación» más ambiciosos que nunca. Himnos, ambición, autopreservación: tres palabras que dicen bien lo que The Dark es —un disco de canciones escritas para mantenerse en pie, por alguien que ha aprendido a hacerlo. La negrura no ha desaparecido, ha cambiado de dirección: ahora está en la escritura, ya no en los amplis.

Puerta de entrada de lujo

Ahí es exactamente donde se aloja la reserva que vuelve en todas las críticas: los fans de su periodo más pesado, el de los muros de guitarras de Abyss y Hiss Spun, se quedarán con hambre. Quienes venían a buscar en Wolfe el cruce del doom y la brujería sonora encontrarán aquí a una artista apaciguada en la forma, si no en el fondo —y hay que admitirlo, una parte de nosotros también echa de menos el vértigo de las grandes saturaciones. Pero reprochárselo sería rehacer el juicio permanente a los artistas que se mueven, y ese juicio Wolfe lo ganó hace tiempo.

Porque, ¿a quién va dirigido The Dark? Primero a todos los que merodean entre gótico, doom y darkwave sin haber sabido nunca por dónde entrar en la obra-laberinto de la californiana: es, literalmente, una puerta de entrada de lujo, el disco que se le podrá tender a un novato sin manual de instrucciones. Después a los fieles de la primera hora, que saben que en ella la accesibilidad nunca es una capitulación sino un experimento más. Y por último a todos los amantes de las grandes voces encantadas, más allá de las capillas de género —porque quizá sea eso la verdadera noticia: Chelsea Wolfe ya no pertenece a una escena, pertenece a su propio género.

Veredicto: 7.5, en coherencia con ese raro alineamiento entre prensa y público. The Dark no es ni su disco más pesado, ni el más radical, ni el que se citará para asustar a los recién llegados. Es, en cambio, su disco más habitado vocalmente y el más generoso melódicamente, el de una artista que ya no tiene nada que demostrar en materia de tinieblas y que explora lo que se puede construir con ellas. La muda continúa, y quince años después sigue sin tener nada de rendición.