Desde Toronto, el trío METZ practica desde hace más de una década un noise rock de una intensidad física poco común, heredero de Big Black y de las grandes horas de Sub Pop. Célebres por la violencia sonora de sus conciertos, los canadienses afrontan con Up on Gravity Hill un giro significativo: el de una música que, sin renunciar a la potencia, se abre al espacio, a la atmósfera, a una forma de gravedad contemplativa.
La crítica (81 de media sobre siete reseñas) acoge favorablemente esta evolución. La prensa celebra a una banda que, en vez de repetir eternamente su fórmula, elige hacerla respirar, introducir texturas más amplias, tempos más lentos, una tensión que se instala tanto como estalla.
Musicalmente, Up on Gravity Hill conserva las guitarras abrasivas y el canto gritado que forman la identidad del grupo, pero los envuelve ahora en capas zumbantes, reverberaciones, un sentido de la dinámica más sutil. La producción deja florecer la disonancia en el espacio. Es un disco que asciende lentamente más que golpear de entrada.
Esa ralentización tiene un coste: la urgencia visceral que era la marca de METZ se ve a veces diluida, y el oyente en busca de la deflagración frontal de los inicios podrá juzgar el conjunto menos inmediato, más cerebral. El ascenso a la madurez se paga con una parte de furia bruta.
Veredicto: 8/10. Un disco ambicioso y dominado, que prueba que el noise rock puede envejecer sin petrificarse, aun a costa de algo de su salvajismo original.



