Pocos fenómenos recientes habrán dividido y fascinado a partes iguales como Sleep Token. Aparecido a mediados de los 2010, este colectivo británico anónimo, oculto tras máscaras y consagrado al culto de una divinidad llamada Sleep, construyó su leyenda sobre el secreto tanto como sobre la música. Take Me Back to Eden, su tercer álbum, es el que hizo pasar a la banda del estatus de curiosidad underground al de fenómeno mundial, impulsado por estribillos vueltos virales y una estética cuidadosamente mantenida.

La crítica, abundante (84 de media sobre doce reseñas), celebra una audacia formal poco común. Porque Sleep Token rechaza toda etiqueta: dentro de un mismo tema conviven el djent más abrasivo, la balada al piano, el pop R&B, la electrónica ambient y el vuelo post-rock. La voz de Vessel, a ratos susurrada y a ratos gritada, sostiene el conjunto por la sola fuerza de una emoción a flor de piel.

El álbum lleva esa lógica sincrética hasta el vértigo. Un tema puede abrirse con un piano afelpado, deslizarse hacia un groove hip-hop y luego estallar en un muro de guitarras saturadas, sin que la costura parezca nunca forzada. Ahí reside la proeza: sostener juntos mundos que todo opone, y extraer de ellos una coherencia emocional que trasciende el eclecticismo.

Queda que esa glotonería estilística tiene su reverso. Al querer abarcarlo todo, el álbum a veces se dispersa, y ciertos pasajes pop rozan la ñoñería que la pesadez venía precisamente a contradecir. El culto sabiamente orquestado en torno a la banda también irrita a quienes ven en ello más marketing que misterio. Pero la ambición no se discute.

Veredicto: 8.5/10. Un disco proteico y sinceramente habitado, que redefine las fronteras del metal contemporáneo para toda una generación. Un objeto aparte, imperfecto pero irremplazable.