Alcest no necesita presentación. El proyecto del francés Neige —de verdadero nombre Stéphane Paut— inventó, en el cambio de los 2010, un género propio, el blackgaze, donde la furia del black metal se disuelve en las capas tornasoladas del shoegaze. Tras un desvío más sombrío, Les Chants de l’Aurore reanuda la veta luminosa y onírica que hizo la fama de la banda, y ofrece una de sus expresiones más logradas.

La crítica (84 de media sobre diez reseñas) celebra ese regreso a la esencia. Se elogia la belleza melódica del disco, su producción cristalina, y esa facultad poco común que tiene Neige de transformar la melancolía en una forma de éxtasis apaciguado. La voz, ora susurrada, ora aullada, traza melodías de una pureza casi infantil.

Musicalmente, el álbum es una invitación al viaje interior. Las guitarras centellean, los ritmos se aceleran y luego se calman, y el conjunto se baña en una luz dorada que evoca el amanecer prometido por el título. Alcest canta la infancia, el recuerdo, esa nostalgia de un más allá entrevisto que Neige ha hecho el corazón de su obra desde el primer día.

El reverso de esa constancia es una cierta previsibilidad: quien conoce a Alcest no se sentirá desorientado, y se podrá lamentar que la banda explore pocas tierras nuevas. Pero el dominio de la fórmula es tal que el placer permanece entero, y la sinceridad del planteamiento desarma a la crítica.

Veredicto: 8.5/10. Un disco de una gracia radiante, que confirma a Alcest en su papel de puente entre la sombra y la luz. Un logro luminoso.