Surgida de la escena belga y ligada al colectivo Church of Ra, Wiegedood se había dado a conocer con una trilogía de discos de un black metal glacial e hipnótico, todo trémolos y blast beats interminables. There’s Always Blood at the End of the Road marca una inflexión: el trío amplía aquí su vocabulario, integra elementos hardcore, industriales y sludge. La crítica (83 de media sobre ocho reseñas) acoge con interés esta evolución.

El disco cultiva la imprevisibilidad. A los fulgores black metal suceden rupturas brutales, pasajes casi metalcore, planos atmosféricos inquietantes. Wiegedood rompe la linealidad de sus primeros álbumes para construir un recorrido más abrupto, más variado, donde el oyente nunca sabe del todo lo que le espera.

La crítica celebra esa toma de riesgo, esa voluntad de no acomodarse en una fórmula probada. La producción, seca y abrasiva, restituye la violencia de una ejecución donde la precisión rivaliza con el salvajismo. Los momentos más intensos alcanzan una potencia poco común, como si la banda buscara traducir una forma de pánico existencial.

Esa nueva diversidad tiene, no obstante, un coste: el disco pierde un poco de la unidad hipnótica que hacía la fuerza de los anteriores. Por querer variar en exceso, Wiegedood diluye por momentos el trance que dominaba tan bien. La transición no está aún del todo lograda.

Veredicto: 8/10. Un disco de transición ambicioso, que ve a una banda importante aventurarse fuera de su zona de confort. Prometedor, imperfecto, pero siempre apasionante.