Hay, en la carrera de Dying Fetus, una constancia que impone respeto. Desde mediados de los 90, el trío de Maryland martillea un death metal de una brutalidad extrema, cruzado con grindcore y groove, sin desviarse nunca de su trayectoria. Make Them Beg for Death, aclamado por la crítica (84 de media sobre ocho reseñas), confirma que la máquina sigue a pleno rendimiento.

Lo que distingue a Dying Fetus de la masa de bandas brutales es ese sentido del groove que irriga la violencia. Entre dos oleadas de blast beats y growls cavernosos surgen esos breakdowns imparables, esos riffs sincopados que doblan la nuca. El trío entendió, muy pronto, que la brutalidad sola cansa, y que gana al ser rítmica, articulada, casi bailable en su pesadez.

La crítica celebra una ejecución de una precisión temible. John Gallagher y sus compañeros tocan rápido, fuerte y certero; la producción, masiva, realza cada golpe asestado. Es un disco concebido para el escenario, para el muro de la muerte, para la catarsis colectiva del pit.

No se le pedirá a Dying Fetus que se reinvente: la banda hace lo que sabe hacer mejor que nadie, y lo hace con constancia de metrónomo. Make Them Beg for Death no es una revolución, sino una nueva demostración de fuerza, de una eficacia imparable.

Veredicto: 8. Un disco brutal, con groove y perfectamente ejecutado, que confirma a Dying Fetus en la cima del death metal técnico. Sin sorpresa, pero sin fisuras.