Publicado en 2012, One Wing quedaría como el último capítulo de estudio de The Chariot, ya que la banda de Josh Scogin anunció su separación al año siguiente. Cuesta no escuchar este disco a la luz de esa despedida: tiene aires de testamento, de suma, de broche final para un grupo que pasó una década empujando los límites del hardcore caótico. Más ambicioso que sus predecesores, amplía la paleta sin renunciar a la furia que siempre fue su sello.
El caos que aprende a respirar
Lo que sorprende de entrada es la voluntad de abrir el espacio. Junto a las detonaciones habituales aparecen metales, coros y pasajes casi cinematográficos, como si el grupo quisiera dar profundidad a su estruendo. El desorden sigue ahí, visceral, pero está mejor encuadrado, es más intencional. Se percibe una escritura que madura sin perder el mordiente, algo nada evidente para una música basada en lo imprevisible.
Una despedida que avanza hacia la calma
La mayor audacia del disco reside en su trayectoria: partir del tumulto para deslizarse, poco a poco, hacia algo más contemplativo. El tramo final, largo y extraño, evoca casi un telón que baja, una manera de desactivar la tensión acumulada. Esa progresión, inusual en el género, da a One Wing una dimensión conceptual que supera la simple colección de temas violentos.
Fortalezas y límites de un punto final
No todo está perfectamente controlado, y algunos experimentos requieren varias escuchas para revelar su lógica. Pero esa disposición al riesgo es justamente lo que vuelve entrañable el álbum: The Chariot podría haberse conformado con repetir su fórmula, y sin embargo prefirió seguir buscando, aun a costa de desconcertar al oyente. Para quien conoce la carrera del grupo, este disco suena como una culminación coherente, la obra de unos artistas que nunca engañaron a su público y siempre eligieron la intensidad antes que la comodidad. En un puñado de temas destila la esencia de su identidad, entre fe atormentada, energía en bruto y gusto por lo inesperado.
One Wing quizá no sea el disco más accesible de The Chariot, pero es sin duda uno de los más ricos y emocionantes. Al elegir terminar en una nota singular y no en un simple muro de ruido, la banda regala a su discografía una conclusión a la altura de su recorrido, imperfecta, valiente y profundamente sincera.








