Con Outcry, publicado en 2022, Never Ending Game reivindica una concepción del hardcore sin concesiones. La banda, surgida de la escena de Michigan, no se molesta con ningún adorno: aquí todo es cuestión de potencia bruta, de riffs masivos y de breakdowns concebidos para hacer temblar las salas. Es un disco que no busca seducir por la sutileza, sino que golpea fuerte y golpea justo, con una constancia que impone respeto.

Una música tallada para el foso

Desde los primeros compases la intención es clara: este disco fue pensado para el concierto, para el contacto, para el sudor compartido. Los temas, en general cortos y directos, encadenan los embates sin dejar tiempo de recuperar el aliento. La producción, densa y compacta, pone por delante la pesadez de las guitarras y el golpe implacable de la batería. Se percibe una banda que conoce perfectamente su terreno y que sabe exactamente qué efecto quiere producir en su público. La producción pone por delante una masa compacta donde cada instrumento encuentra su lugar sin ahogar jamás a los otros, garantizando una legibilidad temible incluso en los momentos más caóticos.

La tradición como fuerza

Never Ending Game no pretende reinventar el género, y es una elección asumida. La banda se inscribe en un linaje bien establecido de hardcore áspero y sin concesiones, el de las formaciones que privilegian el impacto sobre la experimentación. Esa fidelidad a las raíces puede parecer limitada a quien busca la innovación, pero posee también su propia nobleza. Hay algo reconfortante en esa eficacia asumida, en esa manera de entregar exactamente lo que se espera, sin fanfarronería ni falsa promesa.

Los límites de la fórmula

El reverso de este enfoque es cierta uniformidad. A fuerza de apostar por la misma receta, el álbum puede dar la impresión de girar en redondo, y los temas, por sólidos que sean, terminan a veces por parecerse. Se habría agradecido aquí y allá un poco más de relieve, una variación que rompiera la monotonía. Pero seamos honestos: no es lo que la banda busca ofrecer, y juzgar el disco con criterios que no son los suyos sería injusto. Se habría agradecido aquí y allá una intro más trabajada, un puente inesperado, una textura que rompiera la línea recta, otros tantos detalles que habrían ofrecido al disco relieves adicionales sin traicionar su intención primera.

Al final, Outcry cumple perfectamente su contrato. Es un álbum de hardcore honesto, enérgico, destinado ante todo a quienes aman esta música por su brutalidad y su sentido de la comunidad. Tal vez no deje una huella indeleble en la historia del género, pero ofrece exactamente lo que promete: una descarga de adrenalina, una invitación al movimiento, un recordatorio de que el hardcore sigue siendo ante todo un asunto de cuerpos y de rabia colectiva. Por eso, merece un sitio en el tocadiscos.