Sempiternal, aparecido en 2013, marca el momento en que Bring Me the Horizon abandona definitivamente el deathcore de sus inicios para abrazar un metalcore más amplio, abierto a las texturas electrónicas y a las melodías de gran alcance. Este cuarto álbum, citado a menudo como el punto de inflexión de la banda de Sheffield, coincide con la llegada de Jordan Fish a los teclados, cuya influencia se percibe en cada arreglo. El resultado es un disco bisagra, a la vez pesado y accesible, que logra conjugar la potencia de los orígenes y una ambición melódica nueva, sin dar jamás la impresión de traicionar la una por la otra.

Una ampliación del espectro

Allí donde los álbumes anteriores apostaban sobre todo por la agresión, Sempiternal introduce colchones de sintetizadores, coros y pasajes atmosféricos que dan al sonido una dimensión casi cinematográfica. Las guitarras siguen siendo cortantes, pero se inscriben ahora en un marco más vasto, donde la melodía y la emoción ocupan un lugar central. Ese equilibrio entre potencia y accesibilidad constituye el gran logro del disco. La producción, pulida y moderna, sirve esa ambición: cada elemento encuentra su lugar en una mezcla densa pero legible, donde las capas electrónicas enriquecen el conjunto sin ahogar jamás el golpe ni su pesadez.

La voz de Oli Sykes en mutación

Oli Sykes despliega aquí una paleta más amplia que nunca. Sus gritos, siempre desgarrados, conviven con pasajes cantados que, aunque a veces dividen a los puristas, amplían considerablemente el campo emocional del grupo. Las letras, más personales, abordan la lucha interior, la dependencia y la redención con una franqueza que conmueve. Esa vulnerabilidad asumida se convierte en uno de los motores del disco, otorgándole una resonancia íntima. Ese cuidado por la construcción sonora hace de Sempiternal un álbum que suena igual de bien en el escenario que en unos auriculares, capaz de llenar salas y de alimentar la escucha solitaria.

Un disco aglutinador

Sempiternal desempeñó un papel decisivo en el ascenso del grupo hacia un público más amplio, sin renegar por ello de su anclaje pesado. Seduce tanto a los aficionados al metalcore como a los oyentes venidos de horizontes más melódicos, logrando una síntesis que pocas bandas han sabido sostener con tanto equilibrio y convicción, sin caer jamás en la facilidad ni en la complacencia.

Con la distancia, este álbum aparece como la piedra angular de la transformación de Bring Me the Horizon, el momento en que el grupo halló la fórmula que definiría el resto de su carrera. Su fuerza reside en esa capacidad de conjugar intensidad y melodía, ira e introspección, sin sacrificar jamás la una a la otra. Es una obra destacada, que influyó de forma duradera en la escena y sigue resonando entre nuevas generaciones de oyentes. Un hito ineludible del metalcore moderno, cuya onda expansiva todavía se percibe en muchas bandas actuales.