Sopla sobre Concrete Cowboys, primer álbum de Buggin aparecido en 2023, un viento de frescura que da gusto escuchar. La banda, originaria de Chicago, aborda el hardcore con una sonrisa en los labios y una energía contagiosa, sin sacrificar jamás la potencia. Allí donde tantas formaciones cultivan la oscuridad y la seriedad, Buggin elige la alegría bruta, el placer del movimiento, la fiesta violenta pero fundamentalmente luminosa.

Una energía comunicativa

Desde los primeros segundos, el disco impone su tempo frenético y su sentido del estribillo. Los temas son cortos, directos, tallados para el foso, pero siempre atravesados por una vitalidad que los vuelve inmediatamente entrañables. Se reencuentran los ingredientes clásicos del hardcore: riffs nerviosos, breakdowns robustos, ritmos que empujan al movimiento. Pero todo ello se sirve con una ligereza de espíritu, una gula que transforma la brutalidad en puro placer. Es una música que dan ganas de mover, de gritar, de sonreír. Los tempos acelerados coquetean a veces con el punk más nervioso, y esa rapidez, lejos de enturbiar el discurso, multiplica la sensación de fiesta permanente que el disco busca provocar.

Una voz que marca la diferencia

El canto aporta a la banda una identidad fuerte e inmediatamente reconocible. Rabioso pero travieso, da a los temas un color particular, en algún lugar entre la agresividad asumida y el buen humor contagioso. Esa presencia vocal evita que el disco se hunda en la simple demostración de fuerza, y le confiere una personalidad que lo distingue en un paisaje a menudo uniforme. Se percibe una banda que se divierte y que invita al oyente a compartir ese placer sin complejos.

Los límites del formato corto

Este primer álbum no oculta ciertos límites, inherentes al género y a su juventud. La duración reducida, si bien garantiza una escucha intensa y sin tiempos muertos, también deja con hambre: a veces uno desearía que la banda desarrollara más sus ideas, que explorara nuevos terrenos. Algunos temas, muy eficaces, pasan casi demasiado rápido para dejar una huella duradera. Pero estas reservas son las de un comienzo lleno de promesas, no las de un disco fallido. Se adivina una banda todavía joven, cuya escritura ganará seguramente en amplitud, pero cuyo instinto y frescura compensan de sobra la falta de experiencia, prometiendo bonitas evoluciones para lo que venga.

Al final, Concrete Cowboys se impone como una bonita tarjeta de presentación, un álbum que rebosa vida y que recuerda que el hardcore también puede ser una celebración. Buggin afirma aquí una identidad alegre y sin complejos, a contracorriente de cierta gravedad ambiente, y esa frescura sienta de maravilla. Uno cierra el disco con una sonrisa y las ganas de ponerlo de nuevo enseguida, curioso por ver adónde llevará la banda esta energía desbordante en sus próximas aventuras. Una puesta en escena que regala una sonrisa y esperanza a la vez.