Con su álbum homónimo publicado en 2022, Regulate confirma que es posible hacer hardcore neoyorquino sin limitarse a copiar sus códigos. La banda, surgida de la escena de Nueva York, parte de la tradición dura y frontal del género, pero la abre a texturas inesperadas. Este disco, más ambicioso de lo que parece a primera vista, busca ampliar el vocabulario del hardcore sin renegar jamás de su energía de origen.

El hardcore como punto de partida

La base sigue siendo sólida y reconocible: riffs cortantes, breakdowns pensados para el movimiento de los cuerpos, una sección rítmica que siempre empuja hacia adelante. Se percibe la herencia de los grandes nombres neoyorquinos, esa manera de convertir la música en un asunto físico, colectivo, casi ritual. Pero Regulate se niega a encerrarse en la fórmula. El grupo desliza aquí y allá pasajes más melódicos, atmósferas más amplias, como para recordar que la rabia también puede teñirse de matices. Esa rítmica densa se apoya en un bajo espeso y un golpe preciso que dan al conjunto un cimiento imparable, base ideal sobre la cual vienen a injertarse los vuelos más inesperados.

Colores venidos de otra parte

Es ahí donde el disco se vuelve realmente interesante. Uno se cruza con influencias que desbordan el marco estricto del hardcore: guitarras más etéreas, momentos que evocan el rock alternativo de los años noventa, a veces una suavidad brumosa que contrasta con la violencia ambiente. Esa apertura podría parecer arriesgada, y sin embargo funciona, porque la banda nunca pierde de vista su identidad. La melodía no diluye la potencia, la resalta, ofreciendo respiros que vuelven los siguientes embates aún más eficaces.

Un equilibrio a veces frágil

No todo es de una evidencia absoluta. Al querer sostener varias direcciones a la vez, el álbum puede dar la impresión de buscar su centro, y algunos oyentes venidos por la pura brutalidad quizá encuentren los rodeos superfluos. Pero esa toma de riesgos es precisamente lo que distingue a Regulate de la masa. El grupo prefiere explorar antes que repetir, aun a costa de no alcanzar siempre la perfección formal. Esa generosidad en la ambición merece un aplauso. Se percibe que la banda busca aún la dosificación exacta entre sus pulsiones, tan pronto inclinada hacia la melodía como atrapada por la brutalidad, y ese tanteo, lejos de debilitar el disco, le da un sabor de exploración sincera.

A fin de cuentas, este disco homónimo se impone como un buen logro, un objeto que habla tanto a los amantes del hardcore old-school como a quienes buscan un poco más de relieve y color. Regulate demuestra aquí una verdadera personalidad, unas ganas de mover las líneas sin traicionar a la comunidad que lo vio nacer. Es un álbum de transición y de afirmación a la vez, que deja adivinar una banda capaz de ir todavía más lejos. Uno lo cierra con la sensación de haberse cruzado con una formación que piensa su música tanto como la siente, y eso ya es mucho.