An Autumn for Crippled Children cultiva el misterio desde sus inicios, en el cambio de los 2010. Este trío neerlandés, largo tiempo anónimo, se hizo el cantor de un blackgaze diáfano, donde la aspereza del black metal se disuelve en capas de sintetizadores, melodías pop soterradas y una producción voluntariamente embrumada. Closure, aclamado por la crítica (82 de media sobre seis reseñas), ofrece quizá su declinación más lograda.

Lo que la prensa alaba es la constancia de una firma inmediatamente reconocible. En esta banda, la tristeza nunca es demostrativa: aflora, envuelve, baña cada tema de una luz otoñal. La voz gritada, lejana, casi ahogada en la mezcla, actúa menos como una agresión que como un aliento melancólico.

Musicalmente, Closure asume plenamente su estética del difuminado: las guitarras centellean bajo una capa de reverberación, los teclados dibujan horizontes pastel, los ritmos mantienen una pulsación afelpada. Es una música de contemplación, de introspección, que privilegia la atmósfera en detrimento del impacto.

Esa inmersión tiene un coste: a fuerza de uniformidad, el disco roza a veces la monotonía, y el oyente apresurado apenas distinguirá los temas entre sí. Hay que aceptar perderse en él, dejarlo fluir, para saborear su belleza agridulce.

Veredicto: 8/10. Un disco envolvente y sincero, para las almas crepusculares. La bruma, aquí, es una forma de ternura.