Hacía falta audacia para casar dos universos a priori inconciliables. De un lado, Converge, figuras tutelares del mathcore y el metalcore estadounidenses, banda de furia pura desde los 90; del otro, Chelsea Wolfe, cantante de folk sombrío y gótico, cuya voz evoca las brumas más que las hogueras. Bloodmoon: I, fruto de ese encuentro largamente madurado, suscitó una curiosidad que la crítica ha recompensado ampliamente (84 de media sobre nueve reseñas).

El proyecto no es un simple featuring: es una refundición. Converge, aumentado por varios músicos, ralentiza el tempo, abandona la urgencia hardcore por un post-metal tenebroso, amplio, cinematográfico. Chelsea Wolfe despliega ahí su canto espectral, mientras Jacob Bannon aporta sus erupciones habituales. El contraste entre las dos voces se convierte en el motor del disco.

La prensa celebra la coherencia de un objeto que podría haber derivado en patchwork. Las composiciones, largas y progresivas, construyen arquitecturas sombrías donde alternan la caricia y el estruendo. Se piensa en una misa pagana, en un ritual donde la dulzura y la brutalidad concurren al mismo vértigo.

Esa ambición tiene su reverso: Bloodmoon: I es un disco austero, a veces monolítico, que privilegia la atmósfera en detrimento de la inmediatez. Los aficionados al Converge frontal de los inicios podrán sentirse ahí desorientados, incluso frustrados.

Veredicto: 8.5/10. Una colaboración valiente y lograda, que prueba que las fronteras entre géneros están hechas para franquearse. Un disco de noche.