Es raro que un disco de hardcore franquee los muros de su capilla para hablarle al mundo entero. Sin embargo, es exactamente lo que logró Turnstile. El quinteto de Baltimore, nacido en los circuitos DIY de principios de los 2010, firmó con Glow On el álbum que, más que ningún otro, introdujo el hardcore contemporáneo en la conversación general, hasta las nominaciones a los Grammy: trayectoria impensable para un género largo tiempo confinado a sus sótanos.

La crítica, abundante y casi unánime (89 de media sobre quince reseñas), celebró un disco que desborda por todos lados. Lo que Turnstile consigue aquí es una síntesis improbable: la potencia y la urgencia del hardcore, pero irrigadas de melodías pop, capas de sintetizador, respiraciones casi shoegaze e incluso un toque de soul. La banda no reniega de sus orígenes; los abre a la luz.

Musicalmente, todo aquí respira libertad. Los riffs siguen afilados, la sección rítmica golpea, pero interludios etéreos, estribillos solares y una producción aireada convierten cada tema en una pequeña fiesta. La voz de Brendan Yates, ora gritada ora canturreada, encarna esa alegría contagiosa que atraviesa el disco de parte a parte.

Se podrá reprochar a Turnstile haber limado ciertas asperezas, coquetear a veces con una accesibilidad que molestará a los puristas del género. El reproche es audible: Glow On ya no es del todo hardcore en sentido ortodoxo. Pero esa porosidad asumida es precisamente lo que lo convierte en un disco de su tiempo, generoso y sin dogma.

Veredicto: 9/10. Un álbum luminoso y aglutinador, que prueba que un género nacido en el margen puede florecer a plena luz sin perder nada de su llama.