El dúo de Seattle Bell Witch ha hecho de la lentitud extrema un arte en sí mismo. Desde sus inicios, la formación de bajo y batería explora las simas del funeral doom, ese subgénero donde el tempo se arrastra al borde de la inmovilidad y donde cada nota parece pesar una tonelada. The Clandestine Gate, primera entrega de una trilogía anunciada, radicaliza aún más el planteamiento: una sola composición de más de ochenta minutos, concebida como un flujo ininterrumpido.

La crítica (84 de media sobre ocho reseñas) celebra una obra de una ambición desmesurada, donde la paciencia se vuelve condición de escucha. Hay que aceptar dejarse llevar, abandonar toda referencia temporal, para que la pieza revele su lógica subterránea: la de un lento ascenso hacia la luz, un amanecer arrancado a las tinieblas.

Musicalmente, Bell Witch teje sus texturas a partir de casi nada: un bajo profundo y saturado, capas de órgano fúnebre, voces limpias que surgen como apariciones, golpes de batería espaciados como latidos ralentizados. El silencio juega un papel tan grande como el sonido.

Esa radicalidad formal tiene su reverso: The Clandestine Gate exige un compromiso total y se niega a toda escucha distraída. Quien busque la inmediatez seguirá su camino. Pero quien acepta la inmersión descubre una experiencia casi litúrgica, de una belleza grave y poco común.

Veredicto: 8.5/10. Una obra monolítica y meditativa, que empuja los límites de la duración y la lentitud al servicio de una emoción sorda y duradera.