Pocos conceptos musicales recientes habrán golpeado tan fuerte como el de Zeal & Ardor. Nacido de la imaginación del suizo-estadounidense Manuel Gagneux, el proyecto parte de una hipótesis vertiginosa: ¿y si los esclavos de las plantaciones estadounidenses, en lugar de convertirse al cristianismo de sus opresores, hubieran abrazado el culto al diablo? De esa ucronía nace una música inaudita, que casa el canto de trabajo afroamericano y la furia del black metal. Este álbum homónimo, el tercero, asienta la fórmula.

La crítica (82 de media sobre doce reseñas) reconoce la fuerza de la propuesta a la vez que matiza el entusiasmo de los inicios. Se celebra una producción impecable, un sentido melódico afilado y esa manera única de hacer dialogar el blues de los orígenes y la electricidad contemporánea; se nota también, aquí y allá, una tendencia al apaciguamiento.

Musicalmente, el disco amplía la paleta: a las incantaciones gospel y los riffs incendiarios se suman texturas electrónicas, pasajes casi pop, una ambición de producción que apunta al gran público sin renegar de la audacia inicial. Los mejores momentos —esos coros habitados que bascular de pronto hacia la deflagración— cuentan entre los más sobrecogedores del metal reciente.

Queda que esa búsqueda de accesibilidad embota a veces el filo. Donde el primer álbum estupefactaba por su novedad, este convence más que sorprende, y algunos temas cuestan igualar la intensidad de las cimas. El concepto, tan fuerte, reclama ya una renovación.

Veredicto: 8/10. Un disco sólido y ambicioso, sostenido por una idea que sigue siendo una de las más estimulantes de la década, aunque el efecto de sobrecogimiento se atenúe.