Hace falta descaro para hacer del metal un teatro de la cólera política sin caer nunca en el panfleto. La banda escocesa Ashenspire lo logra con Hostile Architecture, un disco que toma por blanco esa arquitectura urbana pensada para excluir a los más desfavorecidos —bancos antimendigos, pinchos disuasorios— y hace de ella la metáfora de toda una sociedad. Rara vez el metal habrá portado un discurso tan frontal con tanta compostura.
La crítica, entusiasta (87 de media sobre diez reseñas), ve en este segundo álbum una obra mayor, en el cruce del black metal, el jazz y la vanguardia. Se celebra la audacia formal, la riqueza de los arreglos y, sobre todo, la potencia de una voz declamada, casi teatral, que recuerda tanto al spoken word como al canto tradicional.
Porque Hostile Architecture no se canta, se profiere. El vocalista escupe sus alegatos por encima de un torbellino instrumental donde saxofón, violín y batería dislocada componen un caos hábilmente orquestado. La estructura de los temas, imprevisible, rechaza la comodidad del estribillo; todo aquí es movimiento, ruptura, tensión. Es una música del malestar, exactamente afinada a su tema.
Esa radicalidad tiene un precio: el disco puede desorientar, incluso agotar al oyente poco preparado para su intensidad declamatoria. Se habría agradecido a veces algunas respiraciones, un contraste más marcado entre las crisis. Pero ese reproche es el de una obra que se atreve demasiado antes que demasiado poco.
Veredicto: 8.5/10. Un disco valiente, inteligente y ardiente de actualidad, que prueba que el metal aún puede ser un arte de la revuelta plenamente contemporáneo.

