La banda neoyorquina Artificial Brain se ha hecho una especialidad de un death metal técnico volcado hacia el espacio, la alienación y la ciencia ficción. Este álbum homónimo, presentado como el último con su cantante histórico Will Smith, cierra un capítulo con brío. La crítica (83 de media sobre ocho reseñas) celebra una obra donde el dominio técnico se pone por fin plenamente al servicio de la emoción.
Pues Artificial Brain nunca ha sido una simple banda de virtuosos. Bajo las ráfagas de blast beats y los riffs disonantes aflora una melancolía glacial, una atmósfera de deriva espacial que da al conjunto un color singular. Los growls cavernosos, las capas atmosféricas, los leads torturados componen un cuadro de una frialdad casi clínica, pero extrañamente conmovedor.
Musicalmente, el álbum privilegia la atmósfera sobre la demostración. Las composiciones, tortuosas, reservan respiraciones melódicas, pasajes casi contemplativos donde el caos se suspende. La producción, clara y profunda, deja oír cada detalle de una ejecución de una precisión pasmosa. Se piensa en un death metal del fin del mundo, en los confines del vacío sideral.
El reverso de ese tecnicismo es una cierta frialdad que a veces mantiene al oyente a distancia: el álbum exige varias escuchas antes de entregar sus tesoros, y su densidad puede desanimar. Pero el esfuerzo se ve recompensado.
Veredicto: 8/10. Un disco exigente y vertiginoso, cima de un death metal técnico que piensa en términos de espacio y soledad. Una despedida digna de tal nombre.



