Formada en Toronto a mediados de la década de 2010, Tomb Mold se había labrado primero un nombre en el death metal cavernoso, el de las cuevas húmedas y los riffs soterrados. Cabía pensar que la banda estaba condenada a repetir esa fórmula; The Enduring Spirit, su cuarto álbum, dice todo lo contrario. Tras una pausa, el cuarteto regresa metamorfoseado, decidido a hacer estallar las fronteras del género sin renegar de lo que lo fundó.

La crítica, abundante y entusiasta (87 de media sobre doce reseñas), ve en él, con razón, un disco de inflexión. Lo que celebra es la audacia de una banda que se atreve a injertar sobre su fango original acordes de jazz, vuelos melódicos, respiraciones casi contemplativas. El death metal no pierde nada de su potencia; gana en profundidad, en color, en ambición.

Musicalmente, el álbum progresa por estratos. Los blast beats y los growls cavernosos permanecen, pero conviven ahora con pasajes atmosféricos, solos luminosos, un trabajo rítmico de una flexibilidad inesperada. La producción, orgánica y cálida, deja respirar cada instrumento. El tema que da título al disco, al cierre, culmina en una larga subida solar que rompe deliberadamente con la negrura esperada.

Se podrá lamentar que esa apertura diluya por momentos la urgencia brutal de los inicios: los amantes del Tomb Mold subterráneo hallarán el disco casi demasiado luminoso, demasiado cuidado. La muda tiene un precio, y se paga en frontalidad. Pero el equilibrio alcanzado es de una inteligencia poco común.

Veredicto: 9/10. Un disco de madurez que redefine lo que una banda de death metal puede ambicionar, sin sacrificar jamás su columna vertebral. Uno de los grandes álbumes del año en el género.